Comprender para aprehender

Enseñar a los estudiantes a utilizar estrategias de comprensión lectora consiste en ayudarles a entender los textos antes, durante y después de su lectura. Dichas estrategias son procedimientos específicos que hacen que los estudiantes adquieran conciencia de su capacidad para comprender los textos mientras leen y que les permiten mejorar su interacción con ellos, es decir, su interpretación, aumentando así las posibilidades de que aprendan lo que éstos tienen que decirles. Poner en marcha estas estrategias es un trabajo arduo y complejo que requiere un tiempo y una dedicación que casi nunca están disponibles para los docentes en el sistema educativo actual.

Evidentemente, el fomento de la lectura es fundamental, pero si uno revisa el informe del Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre Alfabetización de la Unión Europea entiende que el verdadero problema no es tanto que no se lea como que se lee mal: los niños y adolescentes en edad escolar no comprenden lo que leen y la lectura se convierte así en una actividad frustrante que los aleja de los libros. Los resultados de las evaluaciones de Pisa o los últimos estudios sobre la cantidad de tiempo que los jóvenes dedican a la lectura no hacen más que poner en evidencia esta realidad.

En esta no comprensión es, pues, donde radica un problema esencial, de base, que luego se pondrá de manifiesto en situaciones de fracaso escolar o abandono de los estudios entre los jóvenes, pero también en personas adultas que no leen y están mal preparadas intelectualmente para una sociedad cada vez más exigente. Por ello, es fundamental que los niños y las niñas adquieran desde muy pronto un conjunto de estrategias efectivas de comprensión lectora que estimulen sus capacidades intelectuales y creativas y favorezcan su espíritu crítico, elementos claves para su desarrollo personal y profesional.

Comprendemos superficialmente un texto cuando, tras un proceso de descodificación, obtenemos los significados de las palabras leídas, recibimos el mensaje que éstas nos dan de forma inmediata al entrar en contacto con ella. En cambio, comprendemos en profundidad cuando, además, interpretamos los significados obtenidos en ese primer contacto con lo escrito; es decir: cuando nos apropiamos del decir del texto y somos capaces de crear un modelo del contenido del mismo. En el proceso interpretativo el contenido textual se vuelve significativo para nosotros, adquiere un sentido que se proyecta, que nos re-significa el mundo y en el que también nosotros mismos nos dotamos de nuevos significados. El texto, bajo esta lectura, no sólo dice algo, sino que nos dice algo a nosotros, entramos en un diálogo de ida y vuelta con las palabras escritas que se van continuamente desvelando.

El texto escrito al estar fijo sobre la página tiene la particularidad, respecto a otros actos de habla, que la relación que establece con el lector es única, por esta relación tan particular la comprensión del lector y su interpretación del texto va más allá de la intención del escritor. Por otro lado, el lenguaje de una obra literaria se distingue de otros discursos escritos (históricos/políticos/teóricos) por ser «un lenguaje que no sólo significa, sino que es aquello que significa». El texto mismo nos introduce en sus posibles significados, cobrando así no solo una dimensión semántica sino ante todo reflexiva. Cuando interpretamos un texto literario comprendemos su pensamiento, lo que el texto dice no remite hacia otra cosa fuera de sí sino que es el todo en sí mismo que se verbaliza, se hace carne, en la lectura se cumple el destino del texto.

Los buenos lectores emplean de forma consciente e inconsciente diferentes estrategias de comprensión en su encuentro con el texto: acuden a experiencias previas, se hacen preguntas sobre lo escrito o utilizan sus conocimientos sobre géneros u otras convenciones literarias para entender mejor la estructura lingüística y las relaciones conceptuales existentes en el mismo. Los peores lectores, en cambio, tienen un repertorio de estrategias de comprensión más escaso y con frecuencia ocurre que los lectores deciden seguir adelante sin cuestionar lo escrito, atravesar el texto aunque no lo estén entendiendo.

Por tanto, debemos enseñar a leer a nuestros jóvenes lectores de tal modo que su lectura, en lugar de agotarse en un proceso de pura descodificación, se desarrolle plenamente y se presente como la habilidad que les permite implicarse de forma activa en el discurrir de los textos. Una lectura profunda y comprensiva, anclada, además, en el placer intrínseco a la actividad lectora, es el fundamento ineludible de un buen desarrollo intelectual y personal. Que nuestra meta sea, pues, hacer de nuestros hijos y alumnos lectores reflexivos. Hagamos de ellos creadores en el arte de la interpretación.

La lectura comprensiva es, entonces, el origen del aprendizaje, pero también es su órganon: su instrumento, su método. Se trata de aprender a aprender en el sentido más bello de esta expresión, de involucrarnos en el movimiento del aprendizaje, sabiendo que la comprensión no agota jamás lo comprendido y que leer es principio y origen de un movimiento que nos inscribe en un espacio social y cultural determinado, en un tiempo histórico concreto, y que nos arroja a la construcción de una identidad propia.

(extracto del cap.2 del texto: Me Dejo Decir, el arte de la interpretación)

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