#1 No puedo dejar de pensar en el arenero…

no puedo dejar de pensar en el arenero de los parques o de las escuelas infantiles, en ese pequeño que intenta apropiarse de todo lo que puede, básicamente, de terreno y herramientas. Hasta que llega un momento en que necesita aliados, no muchos porque tenerlos ya implica tener que ceder parte de los “suyo”, pero si quiere mantener el control sobre lo que se apropió porque aún no es capaz de compartir de dar de participar y dialogar, entonces sí o sí debe tener un par de compañeros que le ayuden y así, sin muchos planes, pero si con muchos empujones y palazos, este pequeño grupo se convierte en el terror del patio infantil. Por suerte en los colegios están las maestras y en los parques las madres/padres que ponen orden y castigos y sobretodo enseñan.

la analogía es clara, si interpretásemos a estos niños/as como adultos diríamos que son egoístas, avariciosos, unos matones y que hay que ponerles un freno ya. porque el arenero es de todos y los juguetes es para todos, por tanto, está mal lo que hacen por más que ellos digan que se lo ganaron y bla bla bla… está mal.

lo que más me llama la atención de esta imagen no es el grupo de terror, que son pocos pero bien organizados, sino los otros treinta niños/as que están con ellos. Cómo es que siendo tantos, esos pocos lograron tanto… lo siento, es una pregunta redundante porque estudie para conocer la respuesta, realmente lo que me importa es el resultado: Qué hacemos ahora.

dicen que los matones de nuestro patio, los que escriben el discurso en el que somos, no son más que el 1% del 1% de la población mundial, no sé si esta cifra es cierta, según Mr. Robot son unos diez varones reunidos en el piso más alto de un rascacielos de alguna ciudad difusa.

lo que se con certeza es que somos centenares de millones los que estamos fuera de juego. Quizás por el peso de la mayoría es que no podemos avanzar, nuestra propia fuerza es la que nos derrota o nos paraliza siempre en el mismo punto sin retorno. Ahí están los que no ven porque están mirando hacia el arenero atrapados en el teatro del absurdo, están los que luchan entre sí, como una jauría de perros se destrozan entre ellos por un hueso mientras los que se lo dieron siguen su camino y les roban todo su territorio con sus riquezas, están los que tienen miedo porque en sus memorias aún perduran las heridas de otra época, están los desahuciados que ya no tienen nada y sólo viven para sobrevivir, los desesperanzados, los impermeables y ahí los que quieren ser como “ellos” y se les va la vida en ello… más allá… los que ven verdades y luchan desde barcos desde la palabra desde los escaños desde la calle desde las mareas los que denuncian con imágenes y sonidos.

en el mundo de los hechos, del dolor, del hambre, del miedo, del amor, de la amistad, de la comprensión, del valor, de la lucha, nos queda la voz, nuestra voz que nos permite decir: No, basta.

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